La brecha como compromiso
ONE YEAR PROMISE
Shlomo Abas
1/28/20265 min leer
Cómo los líderes utilizan la claridad para movilizar el cambio
En las organizaciones que logran cambiar de manera sostenida, el cambio rara vez empieza con una idea. Empieza con un deseo. Un deseo compartido de que algo sea distinto, mejor, más sólido. De que la organización llegue a un lugar que hoy no ocupa, pero que reconoce como necesario para seguir siendo exitosa.
La brecha es la forma más concreta de expresar ese deseo.
No como una aspiración vaga, ni como una consigna inspiradora, sino como una conversación honesta entre líderes y equipos sobre dos preguntas fundamentales: ¿dónde estamos hoy? y ¿dónde necesitamos llegar para cuidar lo que nos importa? Cuando esas dos preguntas se ponen sobre la mesa con claridad, ocurre algo relevante: la motivación para cambiar deja de ser abstracta y se vuelve personal.
Las personas no se movilizan únicamente por indicadores. Se movilizan cuando entienden que cerrar una brecha protege la organización, protege su trabajo, protege la viabilidad futura de lo que construyen todos los días. En ese punto, la energía de cambio aparece. No como entusiasmo pasajero, sino como compromiso.
Desde esta perspectiva, mapear brechas no es un ejercicio técnico. Es un acto de liderazgo. Es la manera en que un equipo logra ver con nitidez cuál es la brecha que necesita cerrar para ser exitoso, para cumplir, para “sacarla del estadio” en un contexto exigente y cambiante.
Por eso, en las organizaciones que trabajan bien con brechas, el proceso no termina en el diagnóstico. Termina en una promesa. Una promesa explícita que el equipo se hace a sí mismo y que hace hacia sus líderes: durante el próximo año, en esta variable, nos vamos a mover de aquí hasta allá. No como una intención, sino como un compromiso visible.
Esa promesa cumple una función clave: enfoca la atención del equipo en el punto de llegada, no en una idea específica. Y esta distinción es crucial. Cuando el foco está puesto en implementar una solución puntual, el cambio se vuelve frágil. Si la idea no funciona, la iniciativa se agota. En cambio, cuando el foco está puesto en llegar a un resultado comprometido - en reducir un indicador de A a B, en estabilizar una variable, en generar un impacto concreto- la conversación se transforma.
En entornos organizacionales volátiles, lo que cambia con frecuencia es el camino. Cambian las condiciones, las restricciones, las prioridades operativas. Pero lo que no debería cambiar es el punto de llegada. Cuando un equipo se compromete con claridad a ese punto, habilita algo fundamental: la búsqueda constante de caminos alternativos. Durante el año, el equipo prueba, ajusta, aprende, descarta y vuelve a intentar. No porque tenga todas las respuestas desde el inicio, sino porque sabe con precisión a dónde se comprometió a llegar.
En ese sentido, la brecha no es solo una descripción de la distancia entre el presente y el futuro. Es un ancla. Un marco que permite sostener el rumbo mientras todo lo demás se mueve. Y, justamente por eso, una de las herramientas más potentes que tienen los líderes para transformar deseo de cambio en acción sostenida.


Los cinco elementos que convierten un deseo de cambio en un compromiso real
Si la brecha es la forma de expresar el deseo de generar cambio, entonces el mapeo de brechas es el proceso que le da forma, cuerpo y dirección a ese deseo. No se trata de agregar complejidad, sino de lograr claridad suficiente para que un equipo pueda comprometerse con un punto de llegada concreto, aun cuando el camino para llegar a él todavía no esté del todo claro. En la práctica, las brechas que movilizan a los equipos tienen cinco elementos. No son pasos rígidos ni un formato a completar, sino dimensiones de una conversación bien sostenida.
1. La variable: decidir qué es lo que realmente queremos mover
Toda brecha comienza con una decisión fundamental: qué es lo que vamos a mover. La variable nombra ese foco. Puede ser un tiempo, un consumo, un nivel de calidad, una tasa de error, una pérdida, una variabilidad. Elegir la variable no es trivial. Es un acto de enfoque. Cuando un equipo no logra ponerse de acuerdo en la variable, suele terminar discutiendo muchas cosas a la vez y cambiando muy poco. En cambio, cuando la variable está bien elegida, funciona como un punto de gravedad que ordena la conversación. Una buena variable es entendible para todos, está conectada con el negocio y expresa algo que, si cambia, realmente haría una diferencia.
2. ¿Qué mide la variable?: darle significado concreto a la variable
Nombrar una variable no alcanza. El siguiente paso es aclarar qué mide exactamente esta variable. En qué unidades se expresa. Qué significa, en términos prácticos, que esa variable suba, baje o se estabilice. Este momento suele parecer obvio, pero es uno de los más reveladores. Muchas discusiones operativas esconden desacuerdos silenciosos sobre qué se está midiendo en realidad. Cuando el equipo explicita qué mide la variable, empieza a hablar el mismo idioma. Pasar de “esto está mal” a “esto mide minutos, kilos, litros o porcentajes” es un cambio de calidad en la conversación.
3. Cómo mide: construir confianza en la información
Una brecha solo puede sostenerse en el tiempo si el equipo confía en cómo se mide. No se trata de sistemas perfectos ni de datos impecables, sino de mediciones suficientemente confiables para aprender y decidir. ¿Cómo obtenemos el dato? ¿Cada cuánto? ¿Con qué nivel de esfuerzo? Estas preguntas no son técnicas; son políticas en el mejor sentido de la palabra, porque construyen acuerdos sobre qué información consideramos válida. Cuando el “cómo mide” está claro, el equipo deja de discutir números y empieza a discutir causas, patrones y opciones de cambio.
4. La realidad: mirar de frente dónde estamos hoy
Este es el momento más incómodo del mapeo, y también el más potente. La brecha exige que el equipo se haga cargo de la realidad actual, con el número que hoy existe, con su variabilidad, con sus excepciones. No es un ejercicio de juicio ni de culpa. Es un ejercicio de honestidad operativa. Sin una realidad clara, el estándar se vuelve aspiracional y el compromiso pierde fuerza. Cuando un equipo logra decir “hoy estamos aquí”, sin adornos ni excusas, se genera una base sólida para el cambio. La energía no viene del optimismo, sino de la claridad.
5. El estándar: definir a dónde nos comprometemos a llegar
El estándar no es el ideal perfecto ni el benchmark de referencia. Es el nivel con el que el cliente del equipo estaría satisfecho en el horizonte que está comprometiendo, típicamente un año. Definir el estándar es transformar el deseo de cambio en una promesa explícita. Es decir: “esto es lo que nos comprometemos a lograr”. Ese estándar puede ajustarse con el tiempo, pero no puede ser ambiguo. Cuando el estándar está bien definido, la brecha deja de ser una descripción y se convierte en dirección. Marca el punto de llegada que no cambia, incluso cuando el camino para llegar se redefine varias veces.
Cuando los cinco elementos están presentes
Cuando estos cinco elementos se sostienen juntos, ocurre algo clave: el equipo deja de hablar de ideas y empieza a hablar de compromisos. La atención se desplaza del “qué vamos a implementar” al “a dónde nos comprometemos a llegar”. Esa diferencia es fundamental en contextos de alta volatilidad. Las ideas pueden fallar. Los experimentos pueden no funcionar. Las condiciones pueden cambiar. Pero el compromiso con el punto de llegada permanece. En ese sentido, el mapeo de brechas no reduce la incertidumbre del camino, pero reduce radicalmente la confusión sobre el destino. Y eso, para los equipos que buscan generar impacto real, marca toda la diferencia.
